lunes, 27 de junio de 2016

MALENA (2)



“Malena, no será su nombre” –se dice.

Cuando se conocieron hace diez años, él tampoco le dijo el suyo. 
Después comenzó a revelarle secretos.
 A confiar.
 No creía que hubiera algo que ella no conociera. 
De hecho, era la persona que más sabía de él.

Alberto, sin embargo, seguía ignorando.
 No sabía ni lo más básico, como su verdadero nombre, su edad, si estaba casada, si tenía hijos.



Creía que tendría algún trabajo que no estaba relacionado con la prostitución, porqué limitaba sus citas  a unos horarios que en su día puso como condición.
 Había intentado preguntarle, sonsacarla con trampas, cambiar de fechas para escuchar sus escusas.
No caía en sus emboscadas.
Mantenía el mutismo.

En un principio pensó que eso acentuaba su misterio.
Ahora estaba molesto.
Quería traspasar la barrera y resultaba imposible.
 Estaba frustrado, enfadado.
Pero lo paralizaba su miedo a perderla.
 Intuía que si la presionaba, desparecería. 

-¿Acabas ya? –le pregunto más brusco de lo que pretendía, azotado por la impotencia a la que le habían conducido sus pensamientos.

-Si tienes prisa puedes marcharte –responde tranquila-. El conserje no tiene prisa, me permite quedarme el tiempo que quiera. Ventajas de ser vieja en la profesión.

-¿Es eso una ironía? –la pica buscando provocarla. Odia esa pasividad con que le trata después de la intimidad compartida. Es como una traición a lo que han compartido.

-Nunca soy irónica, quizás algo cínica, pero siempre sincera –contesta ya concentrada en él y adoptando la postura defensiva que Alberto conoce tan bien-. ¿Buscas pelea querido?

-Busco emoción, sentimiento, hasta un poco de amor. No estaría mal. Y sobre todo busco comprender, entender, saber… -Baja la mirada derrotado antes del combate.

-Buscas demasiadas cosas que no puedo darte –aclara ella suavemente-. No me gustan estas escenas. No quiero perderte como cliente. No es sólo dinero. Te tengo aprecio. Pero puse unas normas. Son las mismas para todos y evitan estas situaciones. No me saldo de ellas ni por ti ni por nadie. Soy lo que soy. Lo que ves. Me pagas y trabajo para ti. A partir de ahí. Mi vida me pertenece. Piénsalo.

-Podría ser diferente –niega él.




-Podría creer en tus promesas, abrazarme a ti y contaré mi triste historia, podría escucharte decir como me ayudarás a cambiar, como se solucionarán las cosas. Pero la realidad es que yo me iré a mi casa y seguiré con mi rutina, mis problemas y mis días. Y tú volverás a la tuya con tu mujer, tus hijos, tus nietos, tu negocio. No me interesa ninguna oferta. Imagina lo que desees. Soy Malena.

-Puedo averiguar de ti lo que quiera –sigue Alberto altivo-. Tengo dinero para ponerte un investigador privado y conocer hasta el último detalle de tu existencia. No es curiosidad. Es sólo que me gustaría que lo compartieras conmigo.

-Hazlo. Investígame –responde ella con esos pozos negros llenos de oscuridad.

Él queda parado en medio de la habitación sabiendo que ha llegado demasiado lejos. No sabe cómo arreglarlo. No sabe si quiero hacerlo. Sólo sabe que la mujer está más lejos que nunca. Y como si le leyera el pensamiento se acerca a él con sus cosas bajo el brazo. Lo besa ligeramente en los labios y sale de la habitación.

Todo sucede tan rápido que Alberto parpadea espantado. No ha sido consciente de que ella terminaba de vestirse mientras hablaban. Ha vuelto a escapar y presiente que encontrarla de nuevo será más difícil que las otras veces.

Malena tiene el don de desmontar su control. Su mundo queda hecho añicos a cada encuentro. Más para cuando lo recompone, su necesidad de ella se ha vuelto inmensurable. La necesita. Pero ella a él, no. Aunque le necesitara jamás se lo pediría.



¿Qué le está pasando?

Quizás es sólo la edad. Demasiados años, mucho trabajo, poco cariño, insatisfacción, cansancio…
 Un cóctel explosivo.



Camino del olvido
La maldición de encontrarte
El lamento de pensarte
La mala suerte de no soñarte



jueves, 16 de junio de 2016

CARTAS A ROMA 9.- EL MISTERIO



Querido amor:



Nuestra adorada Savia sigue en este mundo.

Sé que es lo que más te preocupa.

Te conozco lo suficiente, como para saber cuánto estarás sufriendo.

La angustia ante el temor de perderla.

Y una vez más, no estoy.

Sigo ausente..



En cuanto recibí tu carta abandoné mis tareas y me vine galopando a la Hacienda.

Confío en mi gente como para saber que estaría bien cuidada.

Pero no podía soportar la idea de que la salvé de la muerte para entregársela a unas fiebres desconocidos.



Cuando la veo tan apagada, tan consumida y falta de energía no puedo entenderlo 

Me causa desazón y dolor.



Me conoces

No soporto la impotencia.

Estar inactivo

Cruzarme de brazos a admirar amaneceres.

Orar a esos dioses a los que veneráis, unos u otros, de unas formas u otras.

¿Dónde están los Dioses cuando los hombres sufren?





He oído a sirios, galos, tracios, romanos, griegos, cristianos, fenicios...

Cada uno asegura que su Dios, o Dioses, es único y verdadero.



! Que cansado estoy amor!

Como desearía perderme en tu tranquila sonrisa, escuchar tus palabras de consuelo, sentir tus labios.



Marcho de nuevo a Roma.

Me encomiendan otra misión.

Otro lugar por defender.

Defender este imperio y mantener seguras a las gentes que como tú, queréis vivir en paz, no es tarea fácil.

Necesitamos sacrificio, y si, sangre.

Mucha sangre.

Demasiada sangre.



¿Un soldado nace o se hace?

¿Recuerdas?

Uno de nuestro numerosos debates.



Interminables horas llenas de palabras, risas, enojos, muecas, donde acabábamos cada uno más apegado a sus convicciones matizadas por el fluir del pensamiento del otro.




No soy el mismo, desde que te hallé y me hablaste de dualidad.

No creo que seas la misma, desde que me hallaste y te hablé de realidad

De supervivencia.

Tú misma tuviste que reconocer alguna vez que el hombre escoge su destino.

Por maldito que sea.

Tus espíritus no guían.

Y mis muertos…

Ahí están.

Bajo tierra, quemados o devorados por las alimañas.

No me habitan.

No me despiertan por las noches.



Puedo irte decir:

-Afortunado tú que puedes escoger no pensar.



Olvidas espartana que yo no escojo.

Me niego.

No quiero.



No te preguntes porqué lo hago.

Así soy.

Amas al hombre equivocado.

Nunca me permitiré hacerte una promesa ni dormir en tu lecho, pues, por mucho que digas, te fallaría de nuevo.

Pasaría ante ti por mi gloria y la del Imperio

Dejaría atrás una buena Mujer.

La Mujer a la que amo

Y te destrozaría aún más con ello.





Eres libre, Ylena, mi amada.



Dejo en buenas manos a nuestra amiga.

En cuanto abrió los ojos, empezó a quejarse de que aún tenga esclavos.



Le hubiera explicado que todos mis esclavos son libres de irse cuando quieran.

De hecho, muchos han marchado.

Los que quieren quedarse, conservan una apariencia de esclavitud para mantener apariencias, pero viven como hombres y mujeres libres.

Deciden su destino.



Su lengua afilada hiere pero es imposible no quererla.

No admirarla.

Cuídala. 

Es joven y valiente.

Tiene el brío y la resistencia de miles de mujeres.

Juntas formáis un Todo.

Tú la sabiduría, la feminidad, el equilibrio.

Ella la pasión, la tormenta, la supervivencia.





Soy un hombre con un corazón muy dividido.

Sólo tú sabes que soy un pobre hombre empeñado en seguir mi propia guerra.

Cuéntale.

No por buscar su perdón o entendimiento.

No me dará ninguna de las dos cosas.

Sino porqué es justo que lo sepa.

Y si de algo entiendo es de justicia

No divina, precisamente.

La justicia injusta de los necios que andamos deambulando este loco mundo.

Los pocos que aún nos empeñamos en creer en el honor y la gloria.







No puedo extrañarte

No tengo derecho

Así que sólo digo…

Te recuerdo




jueves, 9 de junio de 2016

LA HABITACIÓN DEL DESEO



-¿Tomarías un café conmigo?

Malena deja de vestirse y mira a Alberto pensativa.


-Sabes que no –responde automática.

-Siempre lo intento –contesta él fingiendo indiferencia.

Se siente incómodo con el escrutinio de la mujer. 
Evaluado.





Levanta una ceja invitándola a hablar. 
Ella sigue vistiéndose mirándole sagaz. 
Él la apresura con los gestos de sus manos. 
Quiere romper ese disgusto que siente.

Malena se sienta en la cama para ponerse las medias.
Se masajea despistada la punta del pie izquierdo. Permanece inmóvil unos momentos, como perdida en sus pensamientos. 

Alberto la observa codicioso. Intuye que debió de ser bailarina o quizás aún lo sea. 
La forma esbelta de su cuerpo y su elasticidad parecen indicarlo. 
Es la gracia, la elegancia con la que camina, como si siempre estuviera danzando y se desplazara por el espacio.



La mira con renovado deseo. 
Su pose descuidada le excita más que toda la seducción que ha despegado en su honor una hora antes.

Nunca se lo diría, pero se siente conmovido cuando la ve vestirse y prepararse para marchar. 
Mucho más, que cuando se desnuda lentamente y clava sus feroces ojos negros en sus pupilas.
 Entonces se siente ligeramente intimidado, dominado por sus instintos más primarios. 
Siguiendo los pasos que ella marca.





Hubo un tiempo en que no era así. 
Era él quien decidía, quien pedía, quien mandaba. 
Pero esa mujer silenciosa, se le ha ido deslizando por la piel hasta anular su voluntad. 
Es una provocadora.
 Sabe desatar la sed, saciarla poco a poco. 
Es su terreno.



Esa habitación es su cárcel y su paraíso.




Suspiramos por un espacio vacío
¿Me regalas un hueco en tu piel?
Llena esta habitación con tu deseo renovado
Sólo quizás entonces te hable...




jueves, 2 de junio de 2016

CARTAS A ROMA 8.- AMOR

Mi querido amor:

La vida está llena de sorpresas.
Fue una sorpresa conocerte.
Lo fue, enamorarme de ti.
Lo fue para ti, escuchar mi declaración de amor en nuestro primer encuentro.
Te sorprendiste cuando prometí, sin que me lo pidieras, que te amaría por siempre.
Por siempre, es una sorpresa para ambos.


Tú no crees en Dioses ni en vidas eternas.
No hay almas ni espíritus.
No hay sentimientos que perduren anclados al corazón, pues el corazón sólo es un órgano que puede atravesarse con un arma o pararse mientras duermes. 
Y todo acaba. 
La vida se detiene.
 Volvemos al polvo.
 A la nada.


Será una sorpresa para ti, que yo, tu espartana, te escriba.
Tú que con tanto esmero pediste a la tracia que te informara de si sigo respirando.
Tú que lees esas cartas con atención y recibes de ella todos sus reproches y resentimiento, sin quejas ni argumentos.
Tú que recibes el cariño, que pese a todo, sabes que te procesa, como el hombre sediento que eres.
 El que nunca miras y nunca reconocerás.



Y si.
Te escribo. 
Solo por una razón.
Porqué ella no puede hacerlo.

La muerte a la que tanto veneras anda rondándola y ni mis hierbas, ni mis hechizos  ni mis oraciones, parecen poder devolverle la salud.

Te confieso amor que estoy desesperada.
Te confieso que me asusta ser la culpable de esas fiebres que no consigo bajar, pues el resentimiento que siente es por mi soledad y lo que ella cree, tu abandono.
Debí explicarle antes porqué estamos separados.

Te confieso que temo perderla.
No me consuela saber que su espíritu me seguirá durante mi estancia en esta Tierra sangrienta y marchita que estáis dejando con tanta guerra, odio y lágrimas.

Te confieso que estoy cansada de tanto dolor, pena, aflicción.
Te confieso que cada día sonrío y que esa fuerza que nace de algún lugar al que ni yo se ponerle nombre, me hace levantarme
Seguir luchando.

Así que supongo que tenias razón en muchos de tus racionados análisis.
Soy quien soy.



Soy una guerrera cansada
Combato.
En este combate tú tienes mejores medios.

No te pediría para mi. 
Bien sabes, que antes me dejaré morir que rogarte nada que necesite de ti.
Ni siquiera necesito tu amor.

Pero si tú medico.
Él que una vez salvo la vida de mi querida amiga, Savia, la tracia.

Cuando la sacaste de aquel burdel, fue tu médico y su ciencia quien consiguió devolverle el aliento. 
Por ello, he decido arriesgarme y mandarla a tu hacienda, con cuatro de los mejores hombres que ha preparado Montaña, un gladiador retirado que entrena a los pocos voluntarios que tenemos, para vigilar los pocos bienes que juntamos.

Te ruego que hagas cuanto puedas por ella, que no tengas en cuenta las muchas palabras despectivas que imagino te ha escrito.

Su amor hacia mi a veces le hace ser más osada de lo que debiera. 
Su lealtad la honra tanto como la exalta.

Y ¿que quieres que te diga?
Adoro su carácter. 
Esa falta de contención que hace que el agua brote de su interior y salga en palabras que  dicen la verdad. 

Sabes que te dejo un trozo de mi corazón. 
Devuélvela a mi lado con ese brillo travieso que tiene es sus ojos claros. 
Esos ojos tan parecidos a los tuyos, adorados en mis sueños.

De mi, poco tengo que decirte, salvo los "estoy bien" con los que nos hemos comunicado el último año.



Ojalá esta carta te llegue.
Es tan poco lo que pido, que sólo quiero saber que vives.

Prometo a cambio, que cuando Savia vuelva y se recupere, le explicaré la razón de tu ausencia y nuestra 
historia o falta de historia

Lo haré con justicia.
Sin que interfieran mis sentimientos.

E intentaré que comprenda que debemos respetar tus deseos, estemos o no conformes.
Es tu  voluntad.
Sea pues.



Si que me entrenaste
Aún así, duele tu ausencia
Mantente vivo